Política nacional de cuidado: una demanda social

Yaira Yohanna Pardo Mora
Profesora asistente de la Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Enfermería, sede Bogotá. Centro de Pensamiento. El cuidado, eje esencial de las políticas de bienestar, equidad y calidad de vida. yyypardom@unal.edu.co

Luz Patricia Díaz Heredia
Profesora asociada de la Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Enfermería, sede Bogotá. Centro de Pensamiento. El cuidado eje esencial de las políticas de bienestar, equidad y calidad de vida. lpdiazh@unal.edu.co

Katya Anyud Corredor
Profesora asistente de la Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Enfermería, sede Bogotá. Centro de Pensamiento. El cuidado eje esencial de las políticas de bienestar, equidad y calidad de vida. kacorredorpunal.edu.co

El documento aborda la pertinencia de construir una política nacional de cuidado desde las necesidades, la vulnerabilidad social y el reconocimiento de la mujer como trabajadora del cuidado. Establece la importancia de considerar para la formulación de esta: las diversas relaciones que se establecen en el cuidado, las implicaciones personales y colectivas y el análisis de los servicios de cuidado acorde con la demanda y la oferta.

Menciona la necesidad de estructurar la política de cuidado a través de un ejercicio intersectorial con formulación de rutas de atención diferencial con responsabilidades sectoriales y mecanismos de seguimiento nominal, que favorezca la redistribución de las responsabilidades del cuidado entre el Estado y la familia, y la garantía de servicios de cuidado con calidad.

El cuidado, según la Real Academia Española, es la “acción de cuidar, asistir, guardar, conservar” (2019a). Cuando se emplea en relación con las personas, implica la garantía del acceso a los servicios que se necesitan para la conservación de sus condiciones físicas, psíquicas y sociales, y se considera que soporta la existencia básica de la vida. El cuidado también es visto como una práctica social que atiende las necesidades tanto de los otros como de uno mismo y reivindica la autonomía como valor social y político (Cerri y Alamillo-Martínez, 2012).

Si bien los cuidados se entienden como valores asocia dos a una determinada actividad, contienen en sí mismos un componente material. En otras palabras, se trata de contemplar los cuidados no tanto como un valor añadido a una acción, sino como una labor asociada a lo que se ha denominado trabajos de reproducción, que están relacionados con el sostenimiento de la vida. Según Carrasco, Borderías y Torns (2011), cuando se habla de trabajos de cuidado, se pueden diferenciar dos grandes tipologías, los trabajos domésticos y los de atención, pudiendo ambos ser remunerados, no remunerados, institucionalizados, familiares, directos, indirectos, etc. El trabajo de cuidado, además de la esfera material, involucra la emocional (que tiene que ver con la dimensión afectiva), la económica (en términos del costo que genera cuidar y ser cuidado) y la actividad propia del cuidar como trabajo (en términos de condiciones laborales) (Batthyány, 2007).

Las relaciones de cuidado implican dos polos en la relación, sean estos individuos o grupos: uno que necesita cuidados y otro que los provee, estableciendo una relación desigual entre estos. El sujeto de cuidado requiere del otro indispensablemente, mientras que el proveedor del cuidado no necesita en principio de la provisión de este para garantizar su autonomía. Esta relación asimétrica del cuidar es lo que ha impedido que se conceptualicen los cuidados como relaciones políticas, ya que se parte de una relación no igualitaria entre los dos polos (Rogero García, 2010b). Es en este escenario en el que el cuidado representa un nudo crítico de desigualdad que crea diferentes posiciones jerárquicas en las actividades relacionadas, dado que se da como una cadena de delegación que refleja una jerarquía social (Sorj, 2014).

Si bien la actividad de cuidar se ha realizado y se realiza en diferentes instituciones sociales (algunas que hacen parte de la oferta del Estado y otras a través de servicios privados con o sin fines de lucro), es en la familia donde, por delegación del Estado, se llevan a cabo las principales acciones de cuidado. Sin embargo, desde el siglo XIX, debido a la inserción de las mujeres al mercado laboral como reivindicación de sus derechos, entre otras circunstancias políticas, históricas y sociales, los cuidados se volcaron nuevamente hacia la sociedad como responsabilidad, colectiva y política, por lo que se establece la necesidad de que el Estado identifique una vez más algunas características, como el tipo de cuidado que las personas requieren, quiénes y cómo lo proveen, la situación de quién lo recibe y el contexto, para establecer la oferta y los estándares de calidad de los servicios de cuidado. De acuerdo con la forma como se den las situaciones de cuidado, en la investigación sobre cuidado informal se suelen utilizar los conceptos de carencia, necesidad y demanda de cuidado. La necesidad es definida por la RAE como la “carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida” (2019b). Una carencia se transforma en necesidad cuando es concebida como algo que se precisa para vivir y la dependencia surge de la ausencia de capacidades para realizar las actividades que se considera que cubren las necesidades básicas (Rogero García, 2010a). En algunas investigaciones sobre enfermedades que crean altos grados de dependencia o de cuidados de larga duración (Andersson et al., 2002), se han demostrado dos grupos de necesidades: aquellas asociadas con la enfermedad en sí y el acto de cuidar, y las necesidades sociales relacionadas con el contexto social.

Estas necesidades tanto físicas como sociales relativas al cuidado generan un estado de vulnerabilidad. La Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2018) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, 2020) asumen como un atributo de individuos, familias o comunidades que, vinculadas a procesos estructurales, configuran situaciones de fragilidad, precariedad, indefensión o incertidumbre que, en presencia de condiciones dinámicas que afectan las posibilidades de integración, movilidad social ascendente o desarrollo y procesos de exclusión social. En ese orden de ideas, autores como Beck (2006) consideran que la vulnerabilidad asociada al cuidado se da como resultado del efecto conjunto de múltiples factores de riesgo, que configuran una situación o síndrome de vulnerabilidad social. Estos autores afirman que tales factores están asociados con la distribución desigual de bienes y recursos y que el foco de atención debería estar puesto en la forma como se distribuyen los factores de riesgo en la sociedad (Comas D’Argemir, 2015), haciendo énfasis en las condiciones personales y sociales, de tal modo que es perentorio que se considere el cuidado como una demanda social.

Las causas por las que las necesidades se convierten en demandas sociales son variadas, las más comunes son porque los grupos sociales no tienen los instrumentos o la fuerza suficiente para configurar la demanda y las necesidades no se consideran susceptibles de ser solucionadas. Por su parte, cuando la sociedad la define como problema susceptible de ser abordado colectivamente. En este sentido, la conversión de las necesidades en demandas requiere una mediación política, es decir, necesita estar dotada de agentes de cambio para consolidarse y demostrar que la pretensión de cambio es legítima y hacerlo con las herramientas a su alcance (Durán Heras, 2006b).

En vista de lo anterior, la formulación de una política pública de cuidado, que articule y agrupe las demandas de cuidado en términos de redistribución, reconocimiento y reducción de cargas, que permita la respuesta ante estas demandas, facilitará solventar las necesidades antes señaladas. En términos de cuidado, como indica Durán (2006b), las posibilidades de formación de movimientos o grupos sociales que puedan identificar y demandar cui- dados son aquellas provocadas por enfermedades o situaciones que generen dependencia. Esas posibilidades aumentan en los casos de enfermedades congénitas o adquiridas a edades tempranas, ya que los cuidadores suelen ser personas jóvenes que deben dejar su vida productiva por los cuidados o personas mayores que son cuidadoras de personas igualmente mayores, en donde la discapacidad aumenta a medida que se incrementa el tiempo de cuidado. Por ello, es importante conocer el proceso social por el que las necesidades se articulan como demandas, así como los agentes del cambio.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2018) plantea que en el mundo las mujeres y las niñas están realizando más de tres cuartas partes de todo el trabajo de cuidado no remunerado, y dos tercios de los trabajadores del cuidado remunerado son mujeres. Las transformaciones demográficas, socioeconómicas y medioambientales están incrementando la demanda de trabajadores y trabajadoras del cuidado, que a menudo están atrapados en labores de poca calidad, reconocimiento económico y social. Si no se afrontan de manera adecuada los déficits actuales de trabajo de cuidado, la calidad de los cuidados ofrecidos y las condiciones de vida y salud de los cuidadores, el mundo se enfrentará a una crisis de cuidado insostenible que aumentará las desigualdades de género en el mundo.

Lo anterior, sumado a la crisis sanitara surgida por cuenta de la pandemia por covid-19, ha puesto en evidencia la injusta organización social de los cuidados y la importancia de estos para la sostenibilidad de la vida y su poca visibilidad en los sistemas económicos, en los que se siguen considerando una externalidad y no un componente fundamental para el desarrollo. Las respuestas a las necesidades de cuidado deben pensarse desde un enfoque de género, pues son las mujeres quienes, de forma remunerada o no remunerada, absorben la mayor carga de cuidados, especialmente con el cuidado no remunerado desde la esfera emocional (Cepal, 2020).

Formular una política nacional de cuidado con carácter intersectorial y que genere rutas de atención diferencial con responsabilidades sectoriales y mecanismos de seguimiento nominal modifica la idea de que el cuidado es un problema individual y familiar, y, en cambio, contribuye a establecer que se trata de un problema social que requiere el apoyo del Estado. Ello supone una redistribución de las responsabilidades del cuidado en términos de garantizar servicios sociales de cuidado a los que la población tenga acceso y que se encuentren centralizados de tal manera que permita mejorar los flujos de los recursos de bienestar provistos por la familia, por el Estado y por el mercado. Así, es esencial que la política se articule a los elementos de género y a los aspectos que modifican el reconocimiento de los derechos de las mujeres y del cuidado como trabajo, de tal forma que las respuestas sociales a las demandas sean contundentes.

Referencias

Andersson, A., Levin, L.-Å. y Emtinger, B. G. (2002). The economic burden of informal care. International Journal of Technology Assessment in Health Care, 18(1), 46-54.

Batthyány, K. (2007). Articulación entre vida laboral y vida familiar: las prácticas de cuidado infantil de trabajadoras asalariadas de Montevideo. En M. A. Gutiérrez (ed.), Género, familias y trabajo: rupturas y continuidades (pp. 137-168). Buenos Aires: Clacso.

Beck, U. (2006). La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Madrid: Paidós.

Carrasco, C., Borderías, C. y Torns, T. (2011). El trabajo de cuidados: antecedentes históricos y debates actuales. En El trabajo de cuidados: historia, teoría y políticas (pp. 13-96). Madrid: Los Libros de la Catarata.

Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) (2020). Informe especial Covid-19, n.o3. El desafío social en tiempos del Covid-19. Recuperado de https://repositorio. cepal.org/bitstream/handle/11362/45527/5/S2000325_ es.pdf

Cerri, C. y Alamillo-Martínez, L. (2012). La organización de los cuidados, más allá de la dicotomía entre esfera pública y esfera privada. Gazeta de Antropología, 28(2). Recuperado de http://www.gazeta-antropologia.es/wp-content/uploads/ GA-28-2-14-ChiaraCerri_LauraAlamillo.pdf

Comas D’Argemir, D. (2015). Los cuidados de larga duración y el cuarto pilar del sistema de bienestar. Revista de Antropología Social, 24, 375-404.Durán Heras, M.-Á. (2006a). La cuenta satélite del trabajo no remunerado en la comunidad de Madrid, 2007-2008. Informe Final (volúmenes I y II). Recuperado de http://digital.csic.es/ bitstream/10261/100882/1/La Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado en la Comunidad de Madrid 2007_2008.pdf

Durán Heras, M.-Á. (2006b). Sociopsicología del trabajo no remunerado. En A. Garrido Luque (ed.), Sociopsicología del trabajo (pp. 133-176). Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya.

Organización Internacional del Trabajo (2018). El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado: para un futuro con trabajo decente. Recuperado de https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/ —dgreports/—dcomm/—publ/docu-ments/publication/wcms_633168.pdf

Real Academia Española (2019a). Cuidado. En Diccionario de la lengua española. Recuperado de https://dle.rae.es/cuidado?m=form

Real Academia Española (2019b). Necesidad. En Diccionario de la lengua española. Recuperado de https://dle.rae.es/necesidad

Rogero García, J. (2010a). Las consecuencias del cuidado familiar sobre el cuidador: una valoración compleja y necesaria. Index de Enfermería, 19(1), 47-50. Recuperado de http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pi-d=S1132-12962010000100010

Rogero García, J. (2010b). Los tiempos del cuidado: el impacto de la dependencia de los mayores en la vida cotidiana de sus cuidadores. Madrid: Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso).

Sorj, B. (2014). Socialização do cuidado e desigualdades sociais. Tempo Social, 26(1), 123-128. https://doi.org/10.1590/S0103-20702014000100009

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