Conflicto con China: de la ficción a la realidad

Juan Gabriel Gómez Albarello
Abogado. Doctor en Ciencia Política. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia. jggomeza@unal.edu.co

A veces, las obras de ficción y de no ficción se entrelazan de formas sorprendentes y proporcionan claves para comprender nuestra actual situación. En este artículo, muestro muy brevemente la preocupación común acerca de una guerra mundial que tenían el profesor George Wallas y el autor de novelas H. G. Wells. La guerra acerca de la cual escribieron involucraba a los Estados Unidos y a China como los principales protagonistas. Actualmente, el profesor Niall Ferguson sostiene que la clave para entender la política de China hacia Occidente está en la obra del autor de ciencia ficción Liu Cixin. Yo estoy en desacuerdo con su interpretación, pero reconozco la gravedad de la llamada “trampa de Tucídides” en la cual parecen estar atrapadas ambas potencias. Las amenazas a la seguridad de Taiwán, un país democrático que China querría controlar, me sirve para meditar sobre estos temas.

En 1908, Graham Wallas, uno de los fundadores de la London School of Economics, publicó un libro con
el cual procuró poner la teoría de la democracia y de las relaciones internacionales a tono con los hallazgos de la teoría psicológica de su época. En ese libro, La naturaleza humana y la política, hay una observación que no deja de causar sobresaltos, dada su inesperada actualidad:

Después de siglos de guerra y del constante retroceso de la civilización moderna en el derroche de sangre, tesoros y lealtad, puede ser que permanezcan dos imperios, Inglaterra y Alemania, o Estados Unidos y China. Ambos poseerán un armamento que representará el total del “valor excedente”, más allá de la mera subsistencia, creado por sus habitantes. Ambos imperios contendrán hombres blancos, amarillos, marrones y negros que se odiarán a lo largo de una línea vacilante en el mapa del mundo. Pero la lucha continuará y, como resultado de un Armagedón naval en el Pacífico, solo un Imperio quedará en pie. (p. 296)

Hace un poco más de seis meses, en medio de la pandemia, tuvo lugar una escaramuza militar precisamente en el Pacífico, que nos debería preocupar a todos. Todo comenzó con el reporte de contagios de varios tripulantes del portaaviones estadounidense Theodore Roosevelt. Para evitar un número mayor de casos, a finales de marzo de 2020, su capitán solicitó que la mayoría de su personal pudiera desembarcar. Ante la negativa de su superior, el capitán reiteró la petición a oficiales de mayor jerarquía en una carta que fue filtrada al diario San Francisco Chronicle. Esto dio lugar a que el capitán fuera removido de su cargo. Sin embargo, a comienzos de abril, luego de que una centena de tripulantes fueron diagnosticados con covid-19, la Armada estadounidense ordenó el desembarque del resto del personal.

China tomó entonces la iniciativa de desplegar su fuerza naval frente a la costa de Taiwán. El día 12 del mismo mes envió a uno de sus portaaviones, el Laoning, junto con otras cinco naves, para que navegaran desde el estrecho de Miyako, en el noreste de Taiwán, hacia el sureste de la misma isla. En diciembre de 2019 una maniobra intimidatoria similar había sido llevada a cabo por el portaaviones Shandong, justo antes de las elecciones para presidente y para la Asamblea Nacional en Taiwán.

La respuesta de Estados Unidos al despliegue naval chino en medio de la pandemia fue inmediata. El 13 de abril despegaron de la base Andersen, en Guam, cinco bombarderos estratégicos B-54, seis aviones de aprovisionamiento de combustible y varios aviones no tripulados que cumplen funciones de reconocimiento y vigilancia. Lo hicieron casi simultáneamente, en un despliegue de fuerza que desde la Segunda Guerra Mundial recibe el nombre de “el Paseo de Elefantes”, pues los aviones que hacen fila para despegar parecen animales monumentales, elefantes, que van de paseo.

Tres días después, esta flota retornó a la base Minot, en Dakota del Norte. De acuerdo con el magazín de la Fuerza Aérea estadounidense, esa misión hace parte de una serie de ejercicios cuyo propósito es demostrar que su capacidad de despliegue es “predecible estratégicamente e impredecible operacionalmente”. Aunque no hay una sola línea dedicada a China en esa publicación, la señal es bastante clara: Estados Unidos está decidido a mantener su presencia en Asia y a ejercer su poder de disuasión en cualquier momento. Las escaramuzas han continuado agravando la tensión entre los dos países. El 30 de agosto, por citar solo un ejemplo, el semanario The Economist publicó un artículo titulado “Unambiguously dangerous: China’s war games raise fears for Taiwan’s security” (“Peligrosamente carentes de ambigüedad: los juegos de guerra de China aumentan el miedo acerca de la seguridad de Taiwán”).

A la luz de los planteamientos del internacionalista Graham T. Allison (2017), estas escaramuzas podrían ser el prólogo a una confrontación mayor, cuyas características serían similares a otros enfrentamientos entre la potencia dominante hasta el momento y la potencia emergente. A esta confrontación Allison la llama “la trampa de Tucídides”, en directa alusión al enfrentamiento entre la emergente ciudad de Atenas y la poderosa Esparta, el cual dio lugar a un largo conflicto que devastó el antiguo mundo griego: la Guerra del Peloponeso. Según Allison, China y Estados Unidos se encuentran esa trampa.

Uno de los conceptos fundamentales en el análisis de Allison es el de cálculo errado (miscalculation). El estudioso estadounidense considera probable que un error de cálculo puede causar una confrontación que ambas partes saben que sería desastrosa. Cabe subrayar que en la historia política abundan más los errores que los aciertos, por lo cual el escenario de una guerra entre China y Estados Unidos no es descartable en lo absoluto.

En el mismo año que Wallas publicó su libro, su amigo, el escritor H. G. Wells, publicó la novela La guerra en el aire. Como su título lo indica, se trata de una guerra librada por flotas de combate aéreas, capaces de un poder de destrucción no conocido hasta entonces. Un elemento singular de esta novela es el papel de la Confederación Asiática (China y Japón), la cual invade los Estados Unidos y las posesiones del Imperio británico, antes de lanzarse a la conquista de Europa. Wells añade, sin embargo, dos elementos adicionales a la conclusión de la trama, que sugieren un paralelo con nuestra situación actual: una crisis económica general y la difusión de una peste, la muerte púrpura, que causan el colapso total de la civilización.

Hoy no faltan ficciones de este tipo. No hace falta mucho ingenio para encontrar en los relatos de guerras interestelares las ansiedades de sus autores, pero se requiere mucha perspicacia para saber qué es lo que verdaderamente significan. La obra del celebrado autor chino Liu Cixin, por ejemplo, podría ser tomada como la más clara expresión de la renovada voluntad de poder imperial del régimen chino. Niall Ferguson, profesor en Stanford, estima que “la sociología cósmica” que Liu expone en su novela El bosque oscuro es puro darwinismo intergaláctico.

Sin embargo, el propio Liu es el primero en descartar este tipo de interpretaciones. En el posfacio que escribió a la edición en inglés de su novela El problema de los tres cuerpos, Liu afirma que su propósito al escribir ciencia ficción no es criticar la realidad, sino crear mundos imaginarios, pero admite al mismo tiempo que no puede dejar atrás la realidad, del mismo modo en que no puede dejar atrás su propia sombra. “La realidad imprime en cada uno de nosotros su marca indeleble. Cada época encadena de modo invisible a todos aquellos que viven a través suyo. Así pues, yo sólo puedo bailar con mis cadenas puestas” (2014, p. 403).

Liu afirma que deberíamos dirigir hacia el resto de miembros de la raza humana la gentileza con la cual equivocadamente pensamos que nos trataría una posible inteligencia extraterrestre. Nuestra auténtica tarea consiste en “construir la confianza y el entendimiento entre los diferentes pueblos y civilizaciones que forman la humanidad” (2014, p. 404). A este respecto, la coincidencia con Wallas es notable. En lugar de interpretar a Darwin a la luz de Hobbes, esto es, en los términos de que el hombre es un lobo para el hombre, tanto Wallas como Liu nos invitan a pensar en el hecho común de compartir un mismo destino en este planeta y a reconocernos como miembros de una misma especie.

Por lo visto, quienes gobiernan las grandes potencias, así como muchos de quienes fungen como sus asesores e intérpretes de sus políticas, están muy lejos de pensar de esa manera. Ferguson, por solo citar un solo nombre, cree que China ya le ha declarado la guerra a Occidente. La verdad, yo no estoy muy lejos de pensar así, pero con una salvedad, según explico a continuación.

Si no fuera por Estados Unidos, China ya habría invadido Taiwán y disuelto sus instituciones democráticas. La mejor indicación de ello es la forma como ha procedido en Hong Kong, haciendo caso omiso de las garantías que acordó con el Reino Unido para los habitantes de esa ciudad. A lo anterior habría que agregar que las islas artificiales que ha construido en el área marina que se disputa con sus vecinos pueden ser tomadas como prueba de que China tiene menos interés en arbitrajes y acuerdos que la expansión de su poder.

En el plano interno, las cosas no son mejores. Los campos de concentración para la minoría Uigur, el control de la población mediante cámaras y programas de reconocimiento facial en los sitios públicos, el sistema de crédito social, la censura en las redes sociales y la represión del todo foco de disidencia permiten afirmar que China es un estado totalitario. No sobra observar que solo dos países han impedido a ciudadanos suyos asistir a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz en Oslo: la Alemania nazi en 1935 y la República Popular China en 2010.

Así las cosas, para el Occidente democrático y liberal, el conflicto con China es existencial. No obstante, al traspasar el velo de los grandes discursos, la arrogancia y la pretendida superioridad moral, lo se encuentra es una gran hipocresía. Bastaría aludir a los campos de concentración para refugiados en Australia o para los migrantes indocumentados en Estados Unidos, a los ominosos acuerdos de la Unión Europea con Turquía y con el Gobierno provisional libio para que impidan el arribo a sus costas de gente que huye de la tiranía del hambre y de la violencia, a la política agropecuaria proteccionista de los europeos y norteamericanos que ha arruinado a muchos campesinos alrededor del mundo… la lista podría continuar con un largo memorial de agravios que incluye muchas guerras de conquista, intervenciones militares y golpes de Estado.

La conclusión de todo esto podría ser muy pesimista. Empero, hay razones para la esperanza. No enfrentamos una invasión extraterrestre, sino una pandemia devastadora, y en el horizonte está la amenaza más difusa pero no menos cierta de graves alteraciones climáticas que amenazan la vida de muchísimas especies, incluida la nuestra. No hay forma de que podamos hacer frente a estos desafíos, sino de manera conjunta. Quizá de la obra de autores como Wallas, Wells, Allison y Liu podamos destilar la sabiduría para cuidarnos los unos a los otros.

Referencias

Allison, G. (2017). Destined for war: Can America and China escape Thucydides’s trap? Boston: Houghton Mifflin Harcourt.

Liu, C. (2014). The three body roblem. Nueva York: Tor Books.

Wallas, G. (1908). Human nature and politics (3ra ed.). Nueva York: Alfred Knopf, 1921.

Wells, H. G. (1908). The war in the air. Londres: George Bell &Sons.

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